Maternidad. El renacer como mujer. Mi desnudez consciente.
A los 33 años me sorprendí sosteniendo el mundo con una sola mano; de manera inconsciente, había interiorizado que necesitaba la otra para abrazar a mi hija.
En ese tiempo, mis miserias se cobijaban en el silencio, en tierras movedizas, y la piel, se descubría como una frontera que recién empezaba a reconocer como mía. Venía de la oscuridad, del infierno, de mi vida anulada en la que el amor no existía; del averno psicópata, sádico, en el que mi cuerpo y mi alma ardían de dolor y respirar, pesaba. Aun así, conseguí hallar en los ojos de mi hija una verdad pura que no conocía: la ternura también podía ser tierna.
Empezaba a entender el nombre de mis heridas, a mirar de frente aquello que durante años había escondido bajo capas de vergüenza y supervivencia. No era valentía, era necesidad.
Ser madre, me obligó a renacer. A mirarme por primera vez, sin miedo, sin máscaras, sin la mirada ajena, dictando quién debía ser.
En esa desnudez de cuerpo y alma, empezó el largo camino de volver a habitarme.
La niña rota que no encontraba su lugar.
No entiendo por qué me duele tanto el corazón.
Me ponen pañal para dormir, en pocos meses tomaré la comunión y no he ido jamás a dormir a casa de ninguna amiga, tampoco vienen a la mía. Soy un bicho raro y siempre me duele la barriga.
A veces me escondo debajo de la cama y como chocolate o aspirinas infantiles.
De noche no puedo dormir.
El miedo huele a sudor y a sombra.
Cierro los ojos muy fuerte, pero el cuerpo se queda quieto, congelado, como si no fuera mío.
Mi madre no me mira.
Mira a mi prima y sonríe.
Yo aprendo a desaparecer despacito, sin ruido,
para que nade note que sigo aquí.
Me gustaría saber qué se siente cuando alguien te quiere y después desaparecer para siempre.
Mi madre murió.
No hubo tiempo para el duelo. El reloj corría, aunque en mí, algo se detuvo.
En tres meses, otro hogar, otra figura femenina al lado del padre, otra ciudad.
Yo seguía ahí, recogiendo las sobras del silencio.
Sirvienta de una casa que ya no era mía.
No tenía salario, ni descanso, ni voz. Solo órdenes, horarios imposibles y un cansancio que se metía en los huesos.
Aprendí a no pedir, era más fácil así.
El cuerpo cambiaba, pero nadie lo miraba.
Era la sombra que barría, la hija que callaba, la hermana vencida, la mano que servía.
Sin embargo, hubo una noche. Una sola. Con Vicente.
Él fue la primera caricia que no dolía, el primer beso que no pesaba.
Por un instante creí que el mundo podía ser amable.
Después se marchó.
Y yo me quedé con el eco de su nombre.
La niña rota se hacía mujer.
Cenicienta sin cuento
La soledad era mi herencia: un eco que no devolvía ni mi propio nombre
Mi hija es mi alter ego en un mundo sano. Laude es real, sufre contratiempos; sin embargo, no conoce la soledad ni el abandono. A Dios le ruego, que no le falte cobijo ni mimos, que el calor del hogar la reconforte.
En el preciso instante en el que di a luz, sucedió el misterio de la revelación. Mi hija me devolvió la conciencia que el trauma había dormido.
La maternidad ejercía protección, no por instinto, sino por justicia.
Ella es la heredera de un legado poderoso: convertir la memoria en palabra, transformar el dolor en dignidad.
"Tragar Barro: de la niña rota a la mujer que escribe"
- Infancia marcada por el abuso, el miedo y la soledad.
- Ausencia de amor materno y traición paterna.
- Cuerpo convertido en un espacio sin refugio.
- El dulce como única forma de consuelo.
- Aprendizaje del silencio como método de supervivencia.
- Muerte de la mardre a los 15 años.
- El padre rehace su vida en cuestión de meses: traición y abandono.
- Trabajo forzado en la empresa familiar, sin salario ni reconocimiento.
- Adolescencia sin adolescencia: sin libertad, sin ternura, sin identidad.
- Primer amor: Vicente, la única luz breve en medio del desamparo.
- Salir al mundo con hambre de afecto y necesidad de validación.
- Encontrar amores tóxicos que repiten el patrón del abuso.
- Luchar entre el deseo de ser amada y el miedo a desaparecer en otro.
- El cuerpo se convierte en herramienta y cárcel.
- Cría a la hija en soledad.
- Empezar a poner nombre a los traumas y a la historia de abusos.
- Descubrir que la maternidad no la rompe, la revela.
- Aprender a mirarse con compasión, a reconocerse como superviviente y no como una víctima.
- Aviones a Barcelona para tratamientos.
- Quimioterapia, radioterapia, cuatro cirugías.
- Trabajando enferma, débil, quemada.
- Ausencia total del apoyo familiar; hermanos que no estuvieron, familia que negó la ayuda.
- Solo mi hija, acompañada del amor más puro.
- Transformar el dolor en verbo.
- Encontrar en la escritura el sentido de lo vivido.
- Tragar Barro se convierte en testimonio, pero también en renacimiento.
- El barro -símbolo de sufrimiento- se vuelve materia de creación.
Susana Gasch hablando de tragar Barro
Lo que se dice de tragar barro
Tragar Barro no ha dejado indiferente a ninguno de los lectores.
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